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La tercera crisis

La tercera crisis

Por Arturo Soto Munguía

Millones de terabytes (iba a escribir ‘litros de tinta’, pero ya no se usa) se han escrito advirtiendo sobre la crisis sanitaria y la crisis económica que acechan al mundo entero y a México en particular, pero poco se ha hablado de la tercera crisis: la política.

Lo que está sucediendo nos ha tomado a todos por asalto. Nadie sabe a ciencia cierta lo que va a suceder, el impacto en la salud pública y en el terreno de la economía, aunque las proyecciones hasta ahora van del desaliento a lo apocalíptico.

En Sonora, por ejemplo, ayer las autoridades de Salud revelaron cifras en perspectiva y son terribles: 61 mil 495 infectados y 667 muertos puede ser el saldo de la pandemia. Escalofriante.

En el plano nacional la situación no es menos grave. Los muertos podrían contarse por miles, y los arrastrados por la crisis al desempleo y la quiebra, por millones.

Los ciudadanos de todos los estratos sociales, de militancia indistinta o sin militancia activa están muy pendientes de la forma en que los gobiernos en sus tres niveles están abordando y atendiendo la contingencia. Esperan resultados y estos tres meses serán cruciales en la evaluación que realicen, porque de ello dependerá en mucho los resultados que veamos en las elecciones de 2021.

La autocomplacencia rayana en la arrogancia con que el presidente asume el vendaval, lo minimiza y hasta lo interpreta como un viento a su favor, contrasta con el nerviosismo de sus propios funcionarios del gabinete que, más serios en sus análisis, cada día batallan más para justificar la inacción, la tardanza, los disparates de su jefe.

Decir que la pandemia cayó “como anillo al dedo” del proyecto de la Cuarta Transformación no sólo es una baladronada pueril. Es un indicador de que el presidente sigue apostándole a la metafísica, a la divinidad; a la aclamación popular que se niega a admitir, está cayendo inexorable, sostenidamente.

Es muy fácil descalificar las encuestas que marcan esa tendencia a la baja, porque con mucha razón puede argumentarse su sentido propagandístico, su escaso rigor metodológico o su marcado interés político.

Pero lo que no se puede desestimar es el sentimiento de incertidumbre frente a lo que viene; el azoro frente a la falta de respuestas o la sorpresa frente al maquinista que salta de la locomotora en acelerada marcha para saludar al pueblo que le reclama a su paso y él cree que lo están vitoreando.

Todo lo que está sucediendo, tanto en el plano federal como en los ámbitos locales es objeto de evaluación y crítica.

Del manejo eficiente y eficaz de los recursos, de la administración de la crisis y de la forma en que la pandemia impacte a diferentes sectores de la sociedad dependerá mucho la consolidación de proyectos o el derrumbe de los mismos.

Tengo la impresión de que la clase política es la principal interesada en que la pandemia deje los menores daños posibles y se trate, como dice el presidente, sólo de una crisis transitoria de la cual su gobierno habrá de salir más fortalecido.

Lo mismo aplica en gobiernos estatales y municipales. A nadie conviene que las secuelas de la pandemia se salgan de control y apunten a la catástrofe. El voto de castigo puede modificar sustancialmente toda la prospectiva elaborada hasta antes de estos aciagos días.

Esa es la tercera crisis, la que puede preceder a la sanitaria y la económica. La crisis política.

El presidente parece convencido de que todo se puede arreglar con dinero, y dinero hay mucho en el gobierno federal. De hecho, anoche mismo publicó un decreto en el Diario Oficial de la Federación para concentrar algo así como mil 700 millones de pesos que operaban diversos fideicomisos, fondos y contratos análogos de las diversas dependencias federales, en la Tesorería de la federación. Esos fideicomisos quedan extinguidos con este decreto.

Esos fideicomisos estaban orientados a asegurar pensiones y jubilaciones; prestar servicios públicos, operar carreteras, gestionar negocios, financiar proyectos productivos, mitigar el cambio climático, atender desastres naturales, entre otras cosas.

Lo más probable ahora es que el destino de esos recursos sea la mitigación de las secuelas sanitarias y económicas de la pandemia. El argumento para extinguirlos es que eran una fuente de corrupción y un monumento a la opacidad. Nadie sabe hasta el momento, sin embargo, cuáles serán las reglas de operación de esos recursos.

El próximo domingo, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunciará el plan del gobierno federal para atender la contingencia en el plano de lo económico, donde una ola de temores y zozobras recorre las venas de los sectores productivos, colocados entre la espada de la pandemia y la pared de la parálisis laboral.

En Sonora, la gobernadora Claudia Pavlovich nuevamente se adelantó y dio a conocer un plan de créditos emergentes que van de los 10 mil a los 50 mil pesos para micros y pequeños empresarios, desde aquellos que son autoempleados, pasando por quienes empleen de una a diez personas y llegando a quienes tengan de 11 a 50 empleados.

Se trata de créditos a 36 meses (incluyendo seis meses de gracia) y a tasa cero de interés. Los interesados pueden iniciar sus trámites ya en los organismos empresariales de sus municipios y en las oficinas de Fideson (contacto www.fideson.gob.mx).

¿Alcanzará el dinero para amortiguar el impacto de la tercera crisis?

Eso es, en estos momentos, un gran enigma.

Como lo es saber realmente qué es lo que está pasando en términos de desgaste de los gobiernos.

Por citar un ejemplo, circula ya una encuesta de México Elige en la que por primera vez desde 2018, Ernesto Gándara Camou aparece por encima de Alfonso Durazo Montaño en las preferencias de los sonorenses, rumbo a la gubernatura en 2021.

¿Qué tan real, qué tan certera, qué tan confiable es ese ejercicio demoscópico?

La respuesta a esa pregunta, como siempre, la tiene usted, prospectivista lectora, analítico lector.

Pero un ejercicio recomendable al alcance de todos, es preguntar en el entorno cercano si el sentido de los votos emitidos hace dos años, será el mismo que registrarán las urnas el año que entra.

¿Lo hacemos? ¿Lo comentamos? ¿Lo publicamos?

Vale.

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