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La bragueta del presidente

La bragueta del presidente

Por Arturo Soto Munguía

La bragueta del presidente no lo define a él (o no sólo a él), sino a la oposición que hace ocupar buena parte de la agenda en redes sociales con ese tema.

Andrés Manuel López Obrador salió ayer a dar un mensaje desde Palacio Nacional y lo hizo a su modo: desaliñado, camisa arrugada, pantalones dos o tres tallas más largos y… y la bragueta abierta.

El mensaje pasó a segundo término. El tema fue la bragueta, con lo que de algún modo, se puede calibrar la pérdida de terreno del aparato gubernamental en las redes sociales.

Monsiváis solía aludir a la derecha clerical, a líderes religiosos, sociales y políticos hoy conocidos como ‘antiderechos’, con una definición sardónica: ‘vigilantes de braguetas ajenas’, les llamaba.

La alusión al ‘zípper’ del pantalón no tenía que ver con la semántica del desaliño, sino con la aún vigente tendencia a querer normar la vida privada, la preferencia u orientación sexual; a mantener la vida íntima bajo el escrutinio de las sacrosantas instituciones, la legalidad decimonónica y la hipocresía de la virtud pública y el vicio privado.

Por alguna razón, es desde esa parte de la sociedad que hoy marcha cada 15 días en sus automóviles exigiendo la renuncia del presidente; que arenga desde el púlpito o desde las organizaciones civiles y algunos partidos políticos contra la 4T que surgieron los memes, el bullying, la crítica despiadada por la bragueta abierta de López Obrador.

Entiendo que en el caldero de la política nacional, donde hierven las pasiones y no hay tregua ni cuartel, de uno y otro lado van a aprovechar el más pequeño fallo del contrario para hacerse jiras.

Y en este caso fue la bragueta abierta del presidente la que sirvió para articular un discurso de tufillo clasista según el cual, el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas es un cuachalote, fodongo, mamarracho, descuidado consigo mismo y por lo tanto con el país.

Del otro lado, del lado de los ‘pejelovers’, se trató de una genialidad del presidente, un portento de control de la agenda pública, una de esas proezas cotidianas con las cuales el mandatario obliga a la clase política y al mundo de las redes a hablar del tema que él quiere. Incluso de su bragueta.

Considerando que la guerra política tiene hoy, a no dudarlo, su campo de batalla en las redes sociales, no dudaría ni por un momento, que inopinadamente surgiera por allí el HashTag #BraguetaAbiertaChallenge donde Noroña, Attolini, Gibrán y miles de acomedidos (trolls y bots de la RedAmlo) comiencen a subir fotos y videos de sus ‘zíppers’ abajo.

No coincido ni con unos ni con otros y, antes bien, ambas narrativas me parecen un tanto cuanto enfermizas.

II

López Obrador ha sido el personaje que más calle tiene. El que más veces ha recorrido a lo largo de casi 20 años pueblos, ciudades y rancherías donde recogió el sentir popular con el que ha creado su propio personaje y construido ese liderazgo que lo llevó a la presidencia de la República.

Para nada es casual su discurso maniqueo, de blanco y negro; de liberales y conservadores. Le ha resultado de mucha utilidad para mantener como eje de su discurso la condena a la corrupción del pasado, pero también para cubrir muy bien la corrupción del presente.

“Yo me hinco donde se hinca el pueblo”, “no somos iguales”, “ya se acabó la corrupción” y otras frases son el correlato del lenguaje sin palabras que proyecta a un hombre de edad avanzada, que se viste ‘como se viste el pueblo’ y que lo contrasta con la joven tecnocracia gobernante en el pasado reciente, trajeados con cortes europeos, finísimas corbatas, carísimos relojes, insultantes formas de vida en un país arrasado por la pobreza.

En contraparte hay que decir que ninguno de ellos tuvo el atrevimiento de vivir con su familia en un palacio donde la riqueza tiene simbolismos virreinales, monárquicos.

Poco a poco también, salen a relucir personajes del círculo cercano al presidente trajeados con cortes europeos, finísimas corbatas, carísimos relojes, insultantes formas de vida en un país que sigue arrasado por la pobreza.

Sinceramente no concibo al presidente diciendo: “ya sé, ahora que salga a dar mi mensaje me dejaré abierta la bragueta para que todo mundo hable de eso”.

No. Yo creo que al señor simplemente le pasó lo que a cualquiera le ha pasado en algún momento y se le olvidó subirse el ‘zípper’. Si su equipo de imagen no la vio es simplemente porque están fascinados con el personaje que ayudaron a crear. Se pierden en su mirada, se subyugan ante su verbo, babean frente a sus canas, se deslumbran permanentemente con el resplandor de su inteligencia sobrehumana.

Un día de estos al señor presidente, que es humano y adulto mayor se le va a salir la gotita traicionera y va a aparecer con la bragueta mojada y nadie de su equipo se va a dar cuenta por estar embebecidos con su verbo pletórico de citas históricas y condenas antififís.

Claro, siempre estará disponible el recurso de que eso le pasa a cualquiera; que el pueblo también se mea poquito en los pantalones y puedo apostar a que Martí Batres o alguno de ellos saldría rápidamente a subir su foto con el pantalón mojado promoviendo el #GotitaTraicioneraChallenge

El juego que está jugando el presidente es riesgoso sobre todo en estos momentos, cuando la legitimidad de su triunfo acusa una tendencia a la baja.

Su identificación con los más pobres y con una clase media que depositaron sus esperanzas en él está comenzando a perder gracia, sobre todo porque después de cuatro meses de pandemia, de más de 50 mil muertos, de 12 millones de personas que perdieron sus ingresos; de sus promesas diluidas (como la de crear diez millones de empleos este año), del cierre masivo de empresas (incluidas escuelas privadas); de inseguridad y violencia, realmente está creando una corriente adversa.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos de los 30 millones de votantes que lo llevaron a la presidencia le refrendarán su voto, señaladamente porque en sus entornos inmediatos la situación no ha cambiado y en muchos casos ha empeorado. Y porque los gobiernos locales, que son -digamos- el primer respondiente de la 4T han dejado mucho qué desear.

El desaliño presidencial puede ser romantizado por sus adláteres, pero está dejando de ser romántico para amplios sectores de una sociedad que si bien no esperaba más de lo mismo en términos de imagen pública, tampoco esperaba tanto descuido.

Si la economía no acusara crisis, si las instituciones estuvieran funcionando normalmente, si la violencia criminal fuera a la baja, si los apoyos a sectores productivos fluyeran, si la obra púbica no se redujera a una refinería, un aeropuerto y un tren; si realmente hubiera visos de recuperación económica, si no hubiera a lo largo y ancho del país, gobiernos fallidos de Morena, el presidente pudiera salir todos los días con la bragueta abajo, sin problemas.

Pero no está sucediendo así.

Y poco a poco, como la gota que horada la piedra, esas críticas de la oposición vigilante de braguetas ajenas están permeando en el ánimo social, lastimado por la crisis, y eso lo han planteado personajes importantes del propio equipo del presidente que han externado sus temores de perder la mayoría legislativa en 2021.

La de los detractores de AMLO y su bragueta no es una crítica que plantee alternativas, sino que sólo le apuesta al desgaste de la figura presidencial, el principal activo por cierto, de la 4T. Desgastada esa figura ¿qué le queda para ofrecer a Morena?

Peor aún: ¿qué ofrece la oposición vigilante de braguetas ajenas que no sea el regreso al pasado que la mayoría de los mexicanos rechazó en las urnas en 2018?

Una imagen, dicen los clásicos, no te hace ganar una elección pero sí puede hacer que la pierdas.

Ojo con eso.

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