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Informes, gritos, rebrotes y cachitos

Informes, gritos, rebrotes y cachitos

Por Arturo Soto Munguía

Desde el presidente de la República hasta el alcalde del municipio más pequeño del país, pasando por los gobernadores, ninguno pensó llegar a sus informes de gobierno en un escenario tan crítico.

Independientemente del partido al que pertenezcan, los gobernantes llegan con tachones en sus agendas, con cuentas mochas, programas cancelados, obras suspendidas, deudas abultadas, recaudación caída; agotados en la cruenta batalla contra una pandemia que durante seis meses los trajo entre la prueba y el error, cuando no dando palos de ciego frente a un enemigo desconocido, invisible, letal.

Buena parte de los recursos humanos, materiales y económicos de los gobiernos hubieron de emplearse en esa batalla que no ha terminado.

El optimismo es por estos días la mejor definición de la posverdad, en tanto aparece como una construcción de la realidad que no necesariamente tiene que ver con la misma, sino con los deseos personales, las esperanzas postergadas, las ilusiones latentes y la evasión del mundo real en búsqueda de bonanzas ficticias.

Nadie puede visualizar un futuro promisorio si lo otea desde la cima de una montaña de 70 mil muertos por Covid19 y más de 50 mil asesinados por la violencia criminal este año.

La pandemia nos robó seis meses hasta ahora, pero el robo no ha terminado. De hecho, hasta los analistas y funcionarios del gobierno estiman que la crisis sanitaria, aparejada a la crisis económica requerirá entre cuatro y cinco años para recuperar los niveles que se tenían a principios de este año.

Ese es, lamentablemente el recuento de los días. Todo lo que se diga más allá de esto, sólo es la narrativa del heroísmo y las justificaciones del fracaso ante una eventualidad no visualizada ni en las peores pesadillas.

Así llegamos a la fiesta nacional con la que cada 15 de septiembre celebramos la independencia de México, que este año tendrá un especial toque de virtualidad. Los desfiles serán excepcionales, las ceremonias limitadas, los fuegos artificiales sustituidos por discursos de artificio, los héroes patrios vitoreados en el eco virtual de las redes sociales.

Llegamos además con la amenaza de un rebrote encima. Entre las omisiones y los yerros gubernamentales, y la incapacidad de la sociedad para asimilar la gravedad de la pandemia, la posibilidad de que se presente una nueva escalada de contagios está latente en las cifras que ya lo muestran.

Es inevitable la retrospectiva, el acicate a la memoria que nos recuerda el drama recorriendo el mundo, desde China, España, Italia, Estados Unidos y sus hospitales saturados; los ecuatorianos quemando cadáveres en las calles de Quito; el recuento personal de muertos: familiares, amigos, conocidos. El asombroso surrealismo mexicano atizado por un presidente que deposita sus esperanzas en la fuerza moral, la genética de la raza, la estampita colorada en la que se lee con fe: ‘detente enemigo el corazón de Jesús está conmigo’.

Y la cereza del pastel churriguresco en medio de la tragedia: la rifa del avión presidencial, un rotundo fracaso que negó hasta esa acendrada cultura del azar entre los mexicanos.

La gente simplemente no se volcó a los puestos de venta para demoler con la compra masiva de cachitos ese icono de la corrupción representado en un avión que ‘no tiene ni Obama’, que no se puede vender ni se puede rifar; que se mantuvo en un aeropuerto de California con un costo de cuatro mil dólares semanales, que sumaron más de 60 millones de pesos durante los 13 meses que estuvo estacionado allá.

Las mentes brillantes del gobierno federal idearon un sorteo de la Lotería Nacional, que fue un evidente acto de propaganda muy útil para recordar la corrupción del pasado, pero muy poco efectivo y menos redituable.

Se emitió una edición de seis millones de boletos con un costo de 500 pesos. La apuesta presidencial era buena. Si 30 millones de mexicanos votaron por Morena, con el 20 por ciento de convencidos morenistas que compraran un cachito el asunto estaría resuelto.

Pero faltando un mes para la rifa, que será justo entre el grito y los informes, apenas se había vendido el 30 por ciento de los cachitos.

Pero el surrealismo mexicano es inagotable. El presidente dispuso de 500 millones de pesos para comprar un millón de cachitos y repartirlos en los hospitales del país. Si alguno de los cachitos premiados les toca a alguno, tendrán 20 millones de pesos de premio, que habrán de invertir en infraestructura hospitalaria, compra de equipo y medicinas, entre otras cosas.

Creo que no hay otro país del mundo donde la política de seguridad social haya sido dejada al azar.

Los empleados del gobierno federal fueron convocados a comprar voluntariamente al menos un cachito. Ya sabemos cómo funcionan las invitaciones a ser voluntarios cuando se depende de la nómina gubernamental.

Sindicatos afines al gobierno regalaron boletos entre sus miles de afiliados, asumiendo el costo. Muchas dependencias gubernamentales también lo hicieron.

Diputados, senadores, alcaldes, dirigentes de Morena se convirtieron súbitamente en vendedores de cachitos de lotería.

Las imágenes de ellos y ellas sosteniendo uno, dos y hasta 20 cachitos son al menos, patéticas. Un despropósito y un contrasentido en sí mismas ilustrando la manera de mantener a flote una ocurrencia de inviabilidad supina.

En su afán por ocupar un lugar al lado de los grandes personajes de la historia, López Obrador quiso medirse junto al General Cárdenas, quien convocó al pueblo a una colecta para pagar la indemnización a las compañías petroleras afectadas con la expropiación.

No le funcionó. Los pobres no cambiaron gallinas y guajolotes por cachitos. Los ricos no aportaron sus cubiertos de plata, joyas y muebles para hacerse de un cachito.

La clase media también la pensó un poco para comprar un cachito de 500 pesos y esperar que le toque uno de los cien premios de 20 millones de pesos.

Los que sí le entraron con fe a la compra fueron los que ya se habían sacado la lotería sin comprar cachitos, pues la nómina gubernamental les da para eso y más.

Ahora el gobierno tiene que pagar dos mil millones de pesos en premios para un sorteo en el que invirtió más de mil millones.

Ojalá que los cien cachitos premiados caigan en los hospitales porque a como están las cosas, será la única manera de que accedan a recursos para su operación. Ojalá que diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, dirigentes de Morena, si llegan a salir ganadores de los 20 millones, los donen a los hospitales.

Ojalá que la suerte, el azar, deje de convertirse en política pública.

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