Compartir
Entre la espada de la pandemia y la pared del valemadrismo

Entre la espada de la pandemia y la pared del valemadrismo

Por Arturo Soto Munguía

Esta semana será crucial para determinar cómo habremos de enfrentar en lo local la amenaza del coronavirus.

Al confirmarse el cuarto caso positivo en un paciente de Guaymas que recién regresó de Francia, las palabras del secretario de Salud Enrique Claussen suenan desalentadoras. Realistas, pero desalentadoras.

“No habrá buenas noticias en estos días. No las esperemos las próximas semanas”, dijo en la rueda de prensa ofrecida ayer para dar el informe diario sobre el avance de la epidemia. Relista, pero escalofriante.

En el plano estatal, las autoridades van un paso adelante del gobierno federal en materia de prevención y contención. También en otros estados, señaladamente, Jalisco.

En Sonora los alcaldes se han sumado a la campaña de prevención. Los casos de Hermosillo, Cajeme y Guaymas son encomiables. Están haciendo lo que pueden con lo que tienen para romper la cadena de contagios, para mantener a la gente en sus casas.

En el plano federal, la sociedad se pregunta si se está haciendo lo correcto con la postergación de esas medidas y el desenfado con que se minimiza el tema. La gente se siente entre la espada de la pandemia y la pared del valemadrismo.

“No habrá buenas noticias en estos días. No las esperemos las próximas semanas” suena un tanto apocalíptico, pero no tanto como ver al presidente de México remando enjundioso e incansable a contrapelo de las propias políticas de prevención de su gobierno. Si la secretaría de Salud federal pone en marcha una campaña para fomentar la práctica de la sana distancia como forma de romper la cadena de contagios, el presidente encabeza un evento con miles de asistentes en Oaxaca.

Allí se pasea entre la gente, los abraza y se deja abrazar; reparte saludos y besos. Si sus secretarios de Salud y de Educación advierten sobre la necesidad de quedarse en casa, el presidente difunde un mensaje donde habla de la superioridad moral –y hasta racial- de los mexicanos, capaces de ganarle a la pandemia. Más aún: llama a salir de casa con todo y familia, visitar restaurantes y lugares de reunión.

No hay, al menos no lo he visto, otro presidente de alguna nación en el mundo que haga esto.

Al parecer, para López Obrador situar el fenómeno en el terreno de lo ideológico-político convierte al virus en un producto del conservadurismo al que derrotó en las urnas y volverá a derrotar en los hospitales con una estampita del Sagrado Corazón de Jesús. El asunto sería cómico, si no fuera tan trágico.

Las imágenes que nos llegan del extranjero, particularmente de España e Italia, donde los sistemas hospitalarios han colapsado, con pacientes tirados en los pasillos, con la construcción emergente de inmensos pabellones para atender a miles de contagiados son sobrecogedoras.

Y eso que los sistemas de salud en aquellos países son con mucho, más eficientes, equipados y financiados que el nuestro.

 

II

La política de comunicación social del gobierno federal es un desastre y su principal saboteador es el presidente.

La sonrisa y el desparpajo con que aparece todos los días minimizando el tema de la pandemia, su convicción de que no pasará nada; sus declaraciones en el sentido de que acatará las decisiones de los científicos y la facilidad con que las manda al carajo, contrastan con la desesperación que ya comienza a aflorar en algunos miembros de su gabinete.

No se diga en su equipo de comunicación, que parece haber agotado las maromas, las reverencias y los aplausos frente a una realidad que poco a poco los ha ido rebasando.

Lo que comenzó con la falta de personal y medicamentos para niños con cáncer y enfermos de VIH, siguió con la muerte de 9 personas en un hospital de PEMEX en Tabasco  a quienes se les suministró medicina caduca y vino a naufragar en el viscoso mar de la pandemia del coronavirus, que por cierto aún no muestra su peor cara.

La mismísima esposa del presidente, tuvo que salir de su cuarentena tuitera para difundir un mensaje contra las fake news y los enemigos de la presidencia. Le fue muy mal.

Las ‘benditas redes sociales’ que fueron importantísimo bastión para apuntalar su exitosa campaña electoral se han vuelto en su contra. Ya no tardan en pasar a engrosar las filas del conservadurismo y la reacción.

El tuit de Beatriz Gutiérrez Müller sosteniendo que Twitter tiene como principal objetivo el hacer dinero, abandonando toda responsabilidad social, sugiere que estamos a nada de los llamados al boicot contra esa empresa.

En realidad, el presidente comenzó a perder la agenda desde la insurgencia del movimiento feminista y las jornadas del 7,8 y 9 de marzo. El coronavirus vino a descuadrarlo todo.

Sus propagandistas se molestan por las críticas al presidente, pero él mismo sale cada día a ofrecer un motivo para señalarlo.

Es un provocador nato. Eso le dio excelentes resultados en su campaña. Todos recordamos su principal aportación en el último debate de candidatos: Ricky Riquín Canallín como exorcismo a los demonios neoliberales. La burla y la socarronería como recurso para alimentar las llamas de la insurgencia cívica, para convocar al aplauso y la estridencia. Qué chinga le puso.

Como presidente utiliza los mismos recursos. La pandemia nos la pela porque el corazón de Jesús está conmigo. Y sus más cercanos corren a conseguir su ‘Detente’ para refrendar su profesión de fe, no al sagrado corazón, sino al divino mandatario.

El nerviosismo, sin embargo, corroe las entrañas del gabinete. Saben que caminan al filo de la navaja porque la pandemia no entiende ni atiende consignas políticas.

Nadie sabe lo que va a pasar durante las próximas semanas, pero todos sospechamos que no será algo bueno.

Ya ni las cortinas de humo funcionan bien. La baja en el precio de las gasolinas, que en otro momento hubieran merecido la ola en el graderío popular, apenas recibió un tibio aplauso de los más afines.

Estamos entrando, irremediablemente, al callejón de los madrazos, de donde no todos salen vivos.

El nerviosismo en el gabinete y en las dirigencias del partido gobernante tiene que ver con la pérdida de credibilidad en su proyecto, en su desgaste prematuro, en la posibilidad de que la viabilidad de la cuarta transformación se reduzca como el bono democrático depositado en un solo hombre.

El nerviosismo en la sociedad civil tiene otras motivaciones. Reside en la duda. En el titubeo del apoyo otrora incondicional. En la sospecha de que no se está haciendo lo correcto y que el desparpajo con que se aborda la pandemia ha puesto las economías y la salud familiares entre la espada de una pandemia y la pared del valemadrismo.

Como sea, no habrá final feliz, para decirlo con el título de una novela de Paco Ignacio Taibo II.

También me puedes seguir en Twitter @Chaposoto

 Visita www.elzancudo.com.mx

Dejar un Comentario